Cuando la Navidad era comercial

Recuerdo cómo solían ser esas fechas. Lo típico era que nevara (en España estaba difícil). La gente se reunía con sus familias para celebrarlo. Era época de champán, gambas y ternera (el pavo se lo dejamos a los americanos). Se cantaban villancicos. La gente se emborracha y era feliz. Pero sobretodo compraba.

La Navidad desataba la bestia consumista que todos llevamos dentro. Y la gente inundaba las grandes superficies para comprar frenéticamente, como si llegara el fin del mundo (en el año 2012 estuvo cerca). Compraban regalos para los niños, regalos para él, regalos para ella. Juguetes. Un reloj caro. Un perfume exclusivo. Un iPad. Un Mac. Unos buenos zapatos. Una bonita corbata. Un lujoso colgante. Y comida, toneladas de comida. La Navidad era época para atiborrarse. La gente comía lo que un día cualquier no podía comer, bien porque no se lo permitía la economía, bien porque no es bueno ponerse ciego comiendo langostinos todos los días. Pero todo eso cambiaba en Navidad.

El mundo entero luchaba por salir del Mercadona con el carro hasta los topes, cargado de alimentos típicos de la festividad. Buena carne (ternera a ser posible, o si no conejo, que siempre viene bien en años de vacas flacas, como recomendaron algunos). Gambas y langostinos. Berberechos y mejillones. Canapés y aceitunas. Patatas fritas (eso mejor para hogares más vulgares) y caviar (en los más selectos – véase banqueros y grandes fortunas-). Buen vino y mejor champán. Sidra y cava. Piña y melocotón en almíbar con flan. Y uvas para la última noche del año. En esa mesa no faltaba de nada. Era un día especial y estaba permitido atiborrarse, abotargarse y saciar un apetito que parecía no tener fin. Engullir hasta que el botón de los pantalones pidiera auxilio y tragar hasta enturbiar la razón.

¡Qué maravillosos días aquellos que pasaron a la historia! Ahora la gente vive la Navidad de forma diferente. Menos material. Más humana. Ya no abarrotan sus estómagos, sino que ofrecen un plato caliente a aquellos que no tienen nada que llevarse a la boca. No compran grandes cantidades de regalos, sino que dan dinero a quienes no tienen nada. No consumen desaforadamente como antes. No se pelean. No discuten. Se ayudan mutuamente y reparten cariño y abrazos.

Así es ahora la Navidad. La otra no se echa de menos. Nadie la quiere de vuelta porque nadie quiere volver a ver esto

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(Imágenes del Black Friday en Estados Unidos)

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