#ÚltimoNúmeroImpreso

#ÚltimoNúmeroImpreso

Esta es la portada del último número del semanario estadounidense Newsweek. Así se despide del papel la veterana revista que comenzó en 1933, con un guiño a las redes sociales con el hashtag #LastPrintIssue y una fotografía de su antigua oficina en Nueva York.

Fue en octubre cuando Tina Brown, editora de la revista y su portal digital The Daily Beast, anunció que dejarían de sacar su número en papel el próximo año, concentrando todos sus esfuerzos en la edición digital. La decisión la tomaron debido al descenso de la compra de ejemplares y la caída de la publicidad. Mientras tanto, su web, The Daily Beast, aumentó el tráfico, consiguiendo más de 15 millones de visitantes por mes.

Desaparece en papel una revista que ha informado sobre acontecimientos la Segunda Guerra Mundial, los derechos civiles en Estados Unidos, el asesinato de Kennedy, la guerra de Vietnam, el escándalo Watergate, los atentados del 11 de septiembre y la muerte de Bin Laden. Sin embargo, no se va para siempre. Newsweek seguirá informando y contando grandes historias en la Red. Continúa con su edición digital en la web de The Daily Beast y con una nueva publicación digital, Newsweek Global, disponible online y para tabletas. El futuro ya está aquí y Newsweek ha sabido aprovecharlo. No es un hecho que haya que lamentar. Newsweek no desaparece, solamente se muda del papel a la pantalla, y eguirá publicando historias interesantes para todos aquellos que quieran leerlas.

Anuncios

Cuando la Navidad era comercial

Recuerdo cómo solían ser esas fechas. Lo típico era que nevara (en España estaba difícil). La gente se reunía con sus familias para celebrarlo. Era época de champán, gambas y ternera (el pavo se lo dejamos a los americanos). Se cantaban villancicos. La gente se emborracha y era feliz. Pero sobretodo compraba.

La Navidad desataba la bestia consumista que todos llevamos dentro. Y la gente inundaba las grandes superficies para comprar frenéticamente, como si llegara el fin del mundo (en el año 2012 estuvo cerca). Compraban regalos para los niños, regalos para él, regalos para ella. Juguetes. Un reloj caro. Un perfume exclusivo. Un iPad. Un Mac. Unos buenos zapatos. Una bonita corbata. Un lujoso colgante. Y comida, toneladas de comida. La Navidad era época para atiborrarse. La gente comía lo que un día cualquier no podía comer, bien porque no se lo permitía la economía, bien porque no es bueno ponerse ciego comiendo langostinos todos los días. Pero todo eso cambiaba en Navidad.

El mundo entero luchaba por salir del Mercadona con el carro hasta los topes, cargado de alimentos típicos de la festividad. Buena carne (ternera a ser posible, o si no conejo, que siempre viene bien en años de vacas flacas, como recomendaron algunos). Gambas y langostinos. Berberechos y mejillones. Canapés y aceitunas. Patatas fritas (eso mejor para hogares más vulgares) y caviar (en los más selectos – véase banqueros y grandes fortunas-). Buen vino y mejor champán. Sidra y cava. Piña y melocotón en almíbar con flan. Y uvas para la última noche del año. En esa mesa no faltaba de nada. Era un día especial y estaba permitido atiborrarse, abotargarse y saciar un apetito que parecía no tener fin. Engullir hasta que el botón de los pantalones pidiera auxilio y tragar hasta enturbiar la razón.

¡Qué maravillosos días aquellos que pasaron a la historia! Ahora la gente vive la Navidad de forma diferente. Menos material. Más humana. Ya no abarrotan sus estómagos, sino que ofrecen un plato caliente a aquellos que no tienen nada que llevarse a la boca. No compran grandes cantidades de regalos, sino que dan dinero a quienes no tienen nada. No consumen desaforadamente como antes. No se pelean. No discuten. Se ayudan mutuamente y reparten cariño y abrazos.

Así es ahora la Navidad. La otra no se echa de menos. Nadie la quiere de vuelta porque nadie quiere volver a ver esto

Imagen

Imagen

Imagen

Imagen

(Imágenes del Black Friday en Estados Unidos)

Diferencias sutiles

Bien, aquí estoy. He cumplido mi promesa. Me prometí que haría un blog y lo he hecho. Ahora queda la parte más dura: escribir y llevar el blog al día. Bueno, me presentaré un poco, que es lo normal. Tengo 20 años, soy estudiante de Periodismo y ahora mismo me encuentro en Suecia de beca Erasmus. Como futuro periodista, es esencial tener un blog donde exprese mis absurdas opiniones y comparta mis impresiones que no interesarán a muchos. Pero bueno, para mi futuro currículum es importante.

Como futuro periodista, me interesa mucho el periodismo, los periódicos, la información, las nuevas tecnologías, las redes sociales y todo lo que tiene que ver con la profesión. Por eso intento estar al tanto de todo lo que pasa. En estos momentos, el periodismo está atravesando una fuerte crisis. No solamente la económica, al igual que el resto del mundo, sino una crisis del modelo de negocio y también se podría decir que una crisis profesional. Por un lado, el periodismo está en crisis porque el modelo tradicional del periódico que se imprime cada noche y se distribuye por kioskos al amanecer está acabado. Con Internet, el torrente de información no cesa, y la actualidad puede conocerse al minuto. Ante este panorama, el periódico impreso queda totalmente desfasado, a no ser que pueda ofrecer información novedosa y especializada, diferente a la que se publica en la página web. Pero no es el caso de los periódicos actuales, que son una encuadernación de las informaciones publicadas horas antes en los portales digitales, solo que un poco más profundizadas.

La crisis del modelo de negocio surge a raíz de la poca rentabilidad que ofrece la publicidad en Internet para los diarios. Como es sabido, los periódicos tradicionales obtienen la mayoría de sus ingresos de la publicad. Y esta no es lo suficientemente rentable para los diarios de papel, ya que en Internet la publicidad puede encontrar nuevas y mejores vías para llegar a su público. Por tanto, los diarios digitales se vuelven insostenibles, ya que tienen enormes redacciones con un gran gasto y unos ingresos bastantes exiguos.

Esta crisis de modelo de gestión es tan profunda que ha llegado a poner en duda el futuro del periodismo. Y este sí que es un debate preocupante porque aunque se resuelva el problema del modelo de negocio, ¿para qué servirá si no hay periodismo? . Esta nueva crisis profesional ha sido sintetizada por Ramón Lobo en Jot Down:

“Lo llaman crisis de la industria periodística, culpan a Internet, a su gratuidad, al desplome publicitario, a los viejos de 50 años poco polivalentes. Nadie hace autocrítica. En la cúspide de los medios se instalaron los gerentes disfrazados. Se recorta en reporteros, viajes, información. Se afirma que las exclusivas están obsoletas por culpa de la Red. No hay paciencia ni dinero para proteger una historia, a un periodista que hace su trabajo, en lograr una primicia. El objetivo no son las noticias, jerarquizarlas, dar los contextos, la esencia del oficio; el objetivo es abaratar costes, recortar, recortar, recortar. Se recorta también en inteligencia ambiental”

Ramón Lobo resume la situación actual del periodismo en este magnífico párrafo. Yo quiero además ejemplificarlo con dos crónicas de la huelga general del 14 de noviembre. Leyéndolas uno puede percibir cuál es el buen periodismo y el mal periodismo, el que se debe y no se debe hacer. La primera crónica está escrita por Pilar Álvarez en el diario El País, el mejor diario de España (por el momento). Se titula “¿Hasta qué punto la gente está enfadada?” Es una crónica de los primeros sucesos acaecidos en la madrugada y mañana del 14 de noviembre. Leer el texto es una delicia porque la prosa es exquisita y la narración tiene fuerza.  El lector que se sumerja en él podrá empaparse de los hechos como si estuvieran desarrollándose delante suya. La crónica muestra el fragor de la calle, el enfado del pueblo. Todo ello narrado con extremo realismo y un toque literario, que no está reñido con la veracidad o seriedad de la información, como muchos piensan. Esta es una muestra de buen periodismo. Se nota que la reportera se ha pateado la calle, ha hablado con la gente y ha tenido los ojos bien abiertos para observar los acontecimientos. Es, en definitiva, un periodismo de calidad. Es el periodismo que debería hacerse ahora y en el futuro.

Ahora vayamos con otra crónica. Escrita por Diego Mazón, del diario La Razón. Se titula 14-N: batacazo histórico de los sindicatos. Huelga decir que la línea editorial no tiene nada que ver a la hora de hacer o no buen periodismo. No sabría si calificar exactamente el texto de La Razón como crónica, ya que tiene una fuerte dosis de opinión. Aplicando lo poco que he aprendido de periodismo, puedo afirmar que una crónica tiene que narrar un acontecimiento poniéndolo en su contexto, es decir, interpretándolo para ofrecer al lector una visión certera de la realidad. La opinión no tiene cabida en la crónica, pues el género se malogra insertando juicios de valor. Y la crónica de La Razón es una sucesión de hechos, cifras y opiniones con un marcado sesgo ideológico. Es, sin duda, ese tipo de periodismo fácil. Ese en el que el periodista no abandona su cómoda butaca de la redacción, sino que se limita a recoger hechos e informaciones que le llegan desde agencias, los sintetiza y los adereza con su propia opinión. Y listo para convencer a los lectores que esperan ávidos sus dosis diaria de realidad hecha a su medida.

Este es el mal periodismo. Ese periodismo vago, que no se mueve. Que no sale a la calle a buscar historias. Que no recoge la voz de los ciudadanos. Que atiende a sus propios intereses. Que opina más que informa y que tergiversa a veces. Ese es el periodismo que no debe hacerse. Hay una serie de diferencias sutiles entre ambas crónicas, lo que podría explicar porqué El País es (o ha sido hasta ahora) el mejor periódico de España. Una crónica narra lo que ocurre en la calle, lo que le pasa a la gente. La otra adoctrina, juzga y reproduce opiniones que no interesan nada más que unos pocos.

El periodismo está en crisis, sí, pero esta crisis tiene fácil solución: hacer buen periodismo. Y ahora la pregunta: ¿y eso cómo se hace? Pues como se ha hecho siempre. Saliendo a la calle, indagando en documentos y archivos, hablando con la gente, preguntando, recopilando datos, contrastando información… No hay que inventar nada nuevo, ya está todo hecho, y las historias están en la calle. Tan solo hay que hacer una cosa sencilla: salir a buscarlas.